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Pablo de la Higuera

Ya lejos del pueblo,
en un cruce sementero con semáforos de espino
y girasoles,
bifurca el camino.

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Castilla. Foto Jesus Lopez Gutierrez

El de la izquierda va al Caño, entre cimbrales de vid,
y aún más lejos, por tierras de tinto,
a San Román de Chindasvinto,
provincia de Valladolid.
Es éste un camino normal,
arenoso y pedregal,
que deambula con naturalidad
y hasta se diría
con alegría.
(Son caminos que siempre van a algún sitio
-a un pueblo, a una cañada, a alguna viña-
o vienen, algo cansinos, al atardecer).

foto cepa

Cepa. Foto Jesus Lopez Gutierrez

El de la derecha en cambio se pierde
lejano e inaccesible como un monte,
recto y fatal por el llano pardo
hacia el principio sin fin del horizonte.

En la Castilla horizontal y caminera,
bajo un Cielo que no tiene geografía,
hay caminos así, que no van a ninguna parte,
a ningures,
que dicen en mi Galicia posnatal.
(Son caminos estirados
que ni vienen ni van,
y tan solos que parecen
sólo para caminar).

El camino de Santa Ana -¿por qué de Santa Ana? Nadie sabría
decirlo- es uno de estos caminos.
Ni huella antigua del carril del carro
ni traza nueva de llanta de tractor.
Por aquí, es evidente, no pasa ni dios
(incluido,
según la santa blasfemia que culmina
la larga temporada de secano,
el propio Dios.).
Sólo una nube de ovejas
se ovilla en la lejanía
vaga vaguada…difusa polvareda
en el último orillar del llano.
Pero debe ser un espejismo.

Nunca pude saber a dónde lleva este camino.
(De Santa Ana… ¿por qué de Santa Ana?)

Cuando llego al cruce sementero con semáforo de espino,
en el mediodía azul He chicharras achicharradas
por un sol que no se sabe si es del cielo o del infierno,
siento la querencia fatal
del camino largo,
la tentación del llano oceanal
que me arrastra, marea incandescente,
por el pasillo ancho y tan recto que parece vertical,
y tan solo, y tan profundo,
hasta el principio sin fin del horizonte,
hasta ningures.

Nunca he podido llegar…
¿a dónde?
Alguna que otra vez me dejé ir
por el camino obsesivo del confín lejano
náufrago de luz
sin más indicio que el cielo
ni más faro que el Sol
en todo lo alto del verano.
Y a cada vez el estepar se dilataba
en el supuesto límite del llano.
Y agobiado por la última pregunta
me volvía
sabiendo ya que en la otra punta
no había
valle, ni cerro, ni hondonada,
ni pueblo, ni muladar, ni nada,
ni siquiera otra punta.

Una vez la nube de ovejas avanzó,
desovillada verdadera polvareda
(había, además de dos perros, un pastor).
Le pregunté a dónde va el camino,
y me respondió, enigmático y sapiente:
« El camino va por donde vino ».

Regresado al semáforo de espino,
desde su punto de Vista, claro, así era.
En la Castilla horizontal y caminera,
bajo un cielo que no tiene geografía
hay pastores y caminos así. De Santa Ana, pero
¿por qué de Santa Ana?

Pablo de la Higuera. Son las mismas estrellas